Encontré a una chica que conozco en una porno



Muchos aquí en Reddit hablan de encontrar personas que conocen en /r/gonewild, o en una porno, o algo. Pero les puedo asegurar de primera mano que no siempre es como las personas dicen que es.

Tenía once años el verano que Kathy Ritter, de mi misma edad, huyó de casa, fue secuestrada, o fueran cuales fueran las mentiras que los periódicos estaban publicando aquel mes. Entre eso y que la familia Ritter se hubiese mudado luego de que el rastro se congeló, nunca comprobamos qué fue lo que pasó. Y, eventualmente, nos olvidamos de ella.

Años después, la vi de nuevo. No de manera breve, en persona, sino que en línea. En un video pornográfico.

Yo tenía dieciséis años y el video se veía reciente. Al menos, tenía una fecha de publicación reciente. Lo cerré y apagué mi computadora de inmediato. Estoy avergonzado de admitir que no fue a raíz de mi preocupación por Kathy, fue porque tenía miedo de lo que me pasaría si se me descubría viendo lo que técnicamente era pornografía infantil.

Eso ocurrió semanas antes de que la curiosidad y una noción estúpida de heroísmo adolescente —podría ser yo quien finalmente descubriese lo que le pasó a Kathy— me sobrecogieran, y regresé al mismo sitio web. Ella era sorpresivamente fácil de encontrar. Participaba en muchos videos bajo seudónimos como Katty Kathy, Kitty y similares.

Fue inútil. Todos los videos tomaban lugar en el mismo sótano, en la misma cama. Los videos eran todos iguales, más o menos. Kathy usando trajes. Kathy y otra chica. Kathy y dos hombres. Otros videos utilizaban intereses más radicales, como Kathy teniendo relaciones con un minusválido o algún actor vestido de caballo, pero no me molesté en verlos.

Sin embargo, Kathy nunca hacía juego de roles de manera activa, incluso cuando usaba trajes de enfermera o lo que sea. Ni siquiera hablaba en ninguno de sus videos. Me di cuenta de que apenas hacía sonidos —no gemía ni respiraba agitadamente—. Cuando otros actores la penetraban o utilizan otras cosas para hacerlo, no había ninguna reacción de parte de ella además del ocasional ceño fruncido.

Y, de vez en cuando, ella veía hacia la cámara. No era una mirada de enojo o resentimiento, o de súplica, como uno esperaría de alguien que estuviera siendo forzado a participar en porno. Al final, la identifiqué.

Era resignación.

Tuve que dejar de ver sus videos después de eso. Ahora estaba seguro de que eso no respondía a su voluntad, que ella había sido capturada y encasillada dentro de esa vida. Pero no había forma de que lo demostrara o de descubrir en dónde estaba.

Reporté los videos a la policía, pero nada salió de ello. Dijeron que no había manera de probar con seguridad quién era la chica de los videos. Yo sabía que era Kathy; ellos solo habían decidido hace mucho tiempo que Kathy estaba muerta y que el caso había terminado.

Traté de presionarlos, pero me dijeron que me detuviera. «Niño, piensa en sus padres. ¿Porno? Para muchos, creer que tu hija está muerta es más confortante».

Rastreé a la familia Ritter. Mi mamá me dijo que sus nombres eran Harry y Laura Ritter, y una búsqueda rápida de Google me dijo que vivían en Oregon.

—¿Señora Ritter? —dije cuando una mujer contestó el número de teléfono en listado en las páginas amarillas—. Soy Max Page.

—Hola, Max —respondió, cautelosa. No me recordaba.

—Vivíamos en el mismo vecindario —le expliqué—. Conocía a su hija. Creo que la encontré.

La mujer escuchó en silencio mientras le dije lo que había descubierto y con cuál sitio web lo había hecho.

—No es mi intención hacerla sentir mal. Pero su hija está viva. Apuesto que la encontraría si va a la policía.

Clic. La mujer me colgó la llamada.

Pensé que la policía estaba en lo correcto y dejé de tratar que los vídeos recibieran atención. Dejé de visitar la página y traté de olvidarme de ello.

Pero luego recibí un correo. Era de uno de los administradores del sitio web anunciando que tenían una actualización nueva. Ligeramente desagradado por que aún tuvieran mi información, entré en el enlace rápidamente para poder borrar mi cuenta, y fue ahí cuando entendí a lo que se referían con la actualización. Era porno gore.


Casi ignorante de lo que hacía, y con una sensación helada de terror sumergiéndose en mí, hice clic para confirmar mis miedos. En el primer vídeo aparecía Kathy.

Nunca lo quise ver, pero sabía que tenía que hacerlo, porque el título del vídeo tenía mi nombre en él: «Para Max».

Kathy, temblando y llorando, acostada en la cama. Un hombre la estrangulaba sosteniendo un cuchillo.

«Repite lo que te dije», comandó alguien desde afuera del ángulo de la cámara.

«Esto es para ti, Max Page», pronunció Kathy. Y luego un alarido inhumano cuando el hombre desgarró su abdomen con el cuchillo. Introdujo su mano en la herida, ocasionando otro bramido, y jaló hasta que sus intestinos —y al menos uno de sus órganos— se derramaron sobre la cama.

Vomité a mi costado antes de cerrar el video. Kathy estaba muerta por mi culpa. Nadie me había creído cuando dije que era Kathy, y ahora estaba muerta…

Y la voz en el vídeo. La reconocí inmediatamente. Era la misma voz que contestó el teléfono, la voz que pertenecía a la mamá de Kathy.

Historia por – philosophygeography

Traducción por -Tubbiefox
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Sueño en Serie

Historia escrita por – Ignacio Castellanos

Él formaba parte del porcentaje menguante de consumidores habituales de sueños a la carta, vendidos con o sin receta -dependiendo de los ingresos del ciudadano- por la empresa Dulces Sueños. Él había visto cómo aquellos sueños exquisitamente hilados de manera artificial en la red neuronal del consumidor, habían cambiado por completo la vida de las personas, convirtiendo cada escena de su vida en uno de ésos anuncios repletos de caras alegres, familias felices, y vidas perfectamente encaminadas. Pero lo que él había visto de primera mano era un manojo de inseguridades, necesitado de respuestas fáciles y manidas. Los hijos de todos aquellos consumidores duros de los sueños en serie, sufrieron los peores efectos, ya que eran incapaces de soñar; sus hijos habían heredado la incapacidad para soñar, algo que sus padres habían logrado a golpe de cirugía cotidiana.

Era tal la normalización de algo tan antinatural, que él, comenzó a sufrir una marginación social como nunca antes había vivido. Él no comprendía cómo aquellos que consideraba personas sanas y cuerdas, se sometían por propia voluntad a una cirugía que les convertía a largo plazo, en unos seres incapaces de soñar por cuenta propia.

Algunas personas compraban sueños pornográficos, la mayoría tabúes que en su vida diaria serían delitos, como violaciones y asesinatos. Otros compraban sueños en los cuales su vida estaba resuelta, y la autorrealización se encontraba a la vuelta de la esquina. Pero un día, tras dos generaciones de consumidores, comenzaron a suceder una serie de accidentes con los sueños en serie que nunca antes había ocurrido. Muchos de los que despertaban, parte de su cerebro permanecía en estado de sueño. Cinco personas murieron pensando que podían volar, y otros dos se mataron tras soñar con un suicidio. Él observaba todo esto con terror. Él nunca había estado tan solo en toda su vida. 

Tras éstos “accidentes”, muchas empresas que recibían subvenciones por parte de Dulces Sueños, comenzaron a sustituir los derechos de sus trabajadores, por dosis diarias y gratuitas, de sueños en serie. Él, con reticencia y miedo aceptó, pues de lo contrario hubiera sido puesto en la calle. El sueño en serie, ahora era un beneficio y derecho que debía ser aceptado sin reservas por el trabajador. 

Él escogió el sueño estándar “descanso reparador”, pero cada noche, soñaba que mataba y abría en canal a su mujer y sus dos hijas, tras lo cual, se ponía a mascar palillos mezclados con trozos de cristal, destrozándose la boca y muriendo finalmente de hemorragia interna. Así cada noche. 



Aunque se quejaba y pedía un cambio de sueño, cada día, el psicólogo de la empresa negaba con la cabeza y le aseguraba que aquella noche sería diferente. Pero aquella noche no había sido diferente, aquella noche había vuelto a soñar que abría en canal a su mujer y sus dos hijas entre gritos y resbaladizas escenas oníricas a causa de la sangre y las tripas de su familia. Al día siguiente, él acudió al trabajo cubierto de sangre, con la boca repleta de trozos de madera astillada, la cara llena de arañazos, y un cuchillo en la mano derecha. 

Según el psiquiatra y el equipo de psicólogos que lo habían atendido, aquel asesinato había sido el producto de un deseo latente en su inconsciente, nada que lo ligara con su consumición de “descanso reparador”. Mientras, en la televisión de la cafetería, un hombre de rostro saludable anunciaba el incremento de los ingresos en la compañía más influyente del planeta, Dulces Sueños, pues todos aquellos casos de supuestos brotes violentos, presuntamente ligados a su producto de consumo mundial, y considerado ya un derecho humano, habían sido neutralizados, curados o aislados para su tratamiento psiquiátrico, con el fin de someterlos a estudio y prevenir incidentes similares en el futuro.

Él escuchó en alguna radio o televisión lejana la voz del presentador:

“De parte de toda la familia que compone Dulces Sueños, gracias por ayudarnos a cumplir todos vuestros sueños”

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Una historia de fogata | A Campfire Story.


Por muchos años fui un consejero de campamento durante la noche en los Muskokas. Lo amé más que cualquier trabajo que he tenido, a pesar de la paga inexistente, los campistas molestos, los días largos y las noches cortas, la comida de mierda, etcétera. Pude contar muchas historias de terror. No había nada mejor que estar alrededor de una fogata apagada con un puñado de niños de secundaria que demandaban las peores y más sangrientas historias que sabía. Y las conté todas: la niñera y la estatua de payaso espeluznante, el conductor y el despachador de gasolina horripilante, la mujer y su perro que lamía, el amigo por correspondencia.

Guardé mis mejores historias para los viajes por la noche que hacíamos en el Parque Algonquin (para los que no son canadienses, es un parque gigante en el medio de Ontario con casi ocho mil kilómetros cuadrados) cuando los días se pasaban en canoa por lagos prístinos y las noches se pasaban alrededor de la fogata, cantando y quemando malvaviscos, haciendo más ruido que nunca. Una vez que los niños se calmaban, les contaba historias de un acosador en el bosque con una cara tan horrible que paralizaba a todas sus víctimas del miedo, o del grupo de campistas que decidió pasar la noche frente al lago de un asilo para los enfermos mentales que estaba abandonado (¿O NO?) .

En esta noche particular, había terminado los cuentos —insistiendo una vez más con que eran ciertos— y envié a los campistas a sus tiendas. Había sido un día exhaustivo y ninguno de los seis niños estaba de humor para quedarse hasta más tarde. Mi amiga consejera también decidió irse a dormir, dejándome solo en un tronco caído junto a la fogata apagada. Tomé un respiro profundo del aire fresco con esencia de pino, y miré al lago. La luna parcial reflejaba la luz cristalina, y en el otro lado podía ver acantilados de muchos metros de altura. Consideré que podíamos ir en canoa, escalar un par de docenas de pies y hacer saltos de acantilado. Sonreí. El director del campamento me sacaría la cabeza si hacíamos eso. Si es que se enteraba.

Un movimiento en la punta de los acantilados atrajo mi vista. Había una pequeña luz flotando a lo largo del pico. Primero pensé que era una estrella, pero era más grande y tenía un resplandor dorado. Lentamente, se movía hacia atrás y adelante formando un arco pequeño. Mientras permanecía sentado y la miraba, apareció otra junto a la primera, flotando a lo largo de la punta del acantilado. Luego otra. Y otra. Y unas más.

Mi estómago cayó a mis pies. Tomé mi bolso y saqué mi cámara digital. Luego la enfoqué en los pequeños orbes resplandecientes y usé la función de zoom. Las conté. Y las conté de nuevo.

—Oh, mierda.

Me había levantado rápido y corría hacia las tiendas.

—¿Ey, chicos? Despierten. Debemos irnos.

Había movimiento en las tiendas, y luego tuve siete cabezas confundidas mirándome. Mi coconsejera tenía una mezcla de preocupación y rabia pura.

—Odio hacer esto —continué—, pero las nubes están viéndose muy amenazadoras. Hay una gran tormenta acercándose. Si nos atrapa, arruinará nuestro viaje.

—¿En serio? —preguntó Laura, mi coconsejera—. Estamos en el medio del bosque. ¿Adónde iríamos?

Saqué un mapa y una linterna de mi bolso.

—Hay una estación de guardabosques a unos kilómetros hacia el sur —Tracé el camino en el mapa con mi dedo—. Podemos llegar ahí en un par de horas.

Los campistas gruñeron.

—¿No podemos ir en la mañana?

—¡No! —grité; mi voz hizo eco a través del lago. Bajé el tono—: Pronto, empaquen todo y vámonos. Les contaré una historia en el camino —Sonreí, aunque podía sentir a mis labios temblar—. Es la mejor.

Eso pareció apurarlos, y, después de menos de diez minutos, las tiendas estaban guardadas y habíamos empezado nuestra excursión en el bosque con solo la guía de linternas pequeñas. Cuando estaba seguro de que nos estábamos moviendo a un paso rápido, me permití relajarme y empezar a contar mi historia de fogata favorita:




Siglos antes de que los europeos llegaran al país, estaba poblado con personas de las Primeras Naciones. Habían hecho sus viajes a través de Canadá occidental, siguiendo los rastros de migración de grandes animales como el búfalo o el bisonte. Al final, llegaron a Ontario; en ese punto se separaron en grupos más pequeños de viajeros, cada uno buscando una sección de tierra para tomarla.

La leyenda dice que un grupo —conformado de unos veinte hombres, mujeres y niños— se había aventurado en esta misma área para buscar un lugar al que pudieran llamar su hogar. Aunque ni siquiera era finales de octubre, el clima había dado un giro abrupto, y, mientras el grupo viajaba por el lago, una tormenta de nieve los golpeó. Dentro de una hora, el grupo se encontró ante nieve cegadora y temperaturas de menos de cero grados. La ropa que tenían puesta había sido fabricada para el otoño, no para ese tipo de clima, y no había chaquetas de ganso canadiense en esa época. Pero ellos siguieron adelante. No tenían otra opción.

La noche estaba cayendo cuando llegaron al farol de un acantilado, el cual se elevaba sobre un lago frío y agitado. No había nada que parara a este grupo; morirían si no pasaban los acantilados. Pero con la oscuridad levantándose y la nieve cayendo aún más fuerte, la visibilidad era casi inexistente. Así que uno de los ancianos tuvo una idea. Usando el poco de queroseno que tenían, encendió una linterna para cada uno de los viajeros e hizo que las llevaran frente a ellos. No para que pudieran ver los acantilados, sino para que pudieran ver quién estaba delante suyo, permitiendo que todos se siguieran entre sí a través de los anchos riscos.

Con el más fuerte de los hombres llevando la delantera, el grupo empezó a cruzar los acantilados. La nieve congelada y mojada empapó cada hueso de sus cuerpos. El viento duro enfriaba cada piel expuesta y amenazaba con empujarlos justo hacia la piedra. Su camino no era más ancho que un par de pies, y hubiera sido resbaladizo hasta para las mejores botas de montar o mocasines extravagantes. Lentamente, laboriosa y lentamente, llegaron hasta el final de los acantilados, rezando por que lo que estuviera en el otro lado pudiera refugiarlos de la intensa tormenta.

Estaban a media altura, cientos de pies sobre el lago, aunque estaba muy lejos de sus miradas. De hecho, todo lo que podían ver en esa tormenta cegadora era la linterna frente a ellos, actuando como un faro para guiar sus pasos. Si la luz se movía, ellos se movían. Si bajaba, ellos bajaban. Cada uno de los viajeros estaba casi en un trance, importándoles solamente el orbe resplandeciente a unos metros delante de ellos.

Para el líder, sin embargo, no había tal privilegio. Proseguía sin ver, sintiendo el acantilado con su mano libre, aunque su piel estaba tan entumecida que casi no podía sentir nada. Mientras el camino se curvaba de nuevo, hizo un paso en falso y tropezó en tanto una brisa del viento le daba en la espalda. Desesperadamente, trató de agarrarse, pero sus dedos congelados no pudieron atrapar nada. Con un grito terrorífico, se resbaló del acantilado y cayó al lago negro y frío.

El resto del grupo no lo vio caer, obviamente. Todo lo que vieron fue su orbe resplandeciente cayendo del risco y desapareciendo en la oscuridad.

No había tiempo para estar de luto. Continuaron, pero la tormenta empeoraba. Luego de otro minuto, uno de los niños, con su cuerpo incapaz de contener el frío, cayó; su linterna brilló hasta que el lago agitado se la tragó. Otro, viendo esto, perdió su balance y cayó. Este patrón siguió hasta que solo quedaron cinco personas revolviéndose en la oscuridad, siguiendo la luz frente a ellos.

Aunque se esforzaron, los acantilados eran implacables. Los hombres restantes terminaron siendo cuatro. Luego tres. Luego dos. Y luego solo quedó uno, quien, según la leyenda, maldijo a la Tierra mientras sus piernas se resbalaban y caía cientos de pies abajo. Su linterna fue la última en ser extinguida.



—De los veinte miembros que trataron de superar los acantilados —terminé—, ninguno sobrevivió. Dicen que, a veces, cuando las condiciones son las correctas, puedes ver orbes de luz a lo largo del acantilado, símbolos de los viajeros perdidos que nunca encontrarán sus hogares.

Mientras la historia finalizaba, dejando a los campistas en un extraño silencio, vi luces al frente. Una ola de alivio me inundó. Apuramos el paso y encontramos la estación de guardabosques llena de gente corriendo alrededor, cargando camiones y gritándole a las radios. El viento empezaba a ser muy fuerte y escuché truenos en la distancia.

—¡Ey! ¡Niños! —Un hombre grande, fuerte, con una gran barba y bigote corrió hacia nosotros—. ¡Métanse en los camiones! ¡No tenemos mucho tiempo!

Laura y yo llevamos a los niños a uno de los camiones.

—¿Qué está pasando? —le pregunté al hombre.

—¿No lo escuchaste? Hay una gran tormenta para nuestra área. Ya hay alerta de tornados. Estamos llevando a todos afuera. ¡Vamos!

Trepamos al camión, y colapsé, sintiéndome como si me hubieran dado un golpe en las tripas. El guardabosque trepó al frente y tomamos un camino hacia la ruta. Mi cabeza estaba girando. No era posible…

—¿Cómo…? —Laura se sentó a mi lado, manteniendo su voz baja—. ¿Cómo supiste que teníamos que irnos de ahí?

La miré. Mi cara se sintió desprovista de sangre:

—Vi las luces.

—¿Qué? ¿Cómo es posible? —ella jadeó y luego recobró el sentido—. ¿Cuántas?

Tomé un respiro profundo:

—Ocho.

Miró a los campistas, que estaban ahora tendidos, dormidos a pesar de la ruta con baches.

—Esos somos todos nosotros. Dios mío…

Asentí y me acerqué a ella. Laura ya había escuchado la historia de los viajeros, y sabía que me había saltado una parte importante. Las luces eran reales, pero no eran aleatorias. Si estaban brillando —flotando de adelante hacia atrás, formando un pequeño arco— era porque tenían un mensaje. Una advertencia.

Una luz brillaría por cada persona que iba a morir.

Historia escrita por – vital_dual
Traducida por – Spoby.
Historia Original – A Campfire Story 

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LA INVASION DE LOS ALIENS MICROSCOPICOS

Historia escrita por – Martin González

Hola me llamo Martin, aunque mi nombre es relevante. Os voy a contar una historia, la cual dejare que ustedes piensen si es verdadera o falsa…

Yo me crie en un pueblito llamado Arrieta, solía salir de aventuras con mis primos,  yo mi hermano Jacob y mis dos primos Aco y David y nos creamos un grupo llamado “comando-soft” en esa época tendría yo unos 12 años…

Mi pueblo es un pueblo costero que esta junto al mar, las casas se fueron construyendo, bordeando la marea, antiguamente era un pueblo donde todos los habitantes se dedicaban a la pesca, bueno aún siguen dedicándose a la pesca.

La primera aventura que hicimos fue a unos riscos, están al terminar una playa llamada la garita, y fue donde todo comenzó a resultarme extraño.

Recuerdo el día anterior David mi primo que era el jefe y que siempre nos metía en líos, nos reunimos en su casa, David vivía en la ciudad de Arrecife que estaba a 25 kilómetros y solía venir los fines de semanas con su madre, al pueblo de Arrieta. Siempre hacíamos cosas, nos metíamos en casas abandonadas de noche, jugábamos al escondite, en fin juegos de niños. Ese día decidió, que por la mañana temprano, preparáramos las cosas y fuéramos a investigar los riscos. Toda esa obsesión fue por que escucho hablar a su padre de que vieron unos muñecos con los que se hacían vudú antiguamente. El padre solía ir a pescar con el mío a los riscos, estaba como a 10 kilómetros del pueblo.

Por la mañana temprano, mi madre no le gustaba que fuera a ciertos sitios, y menos aún a unos riscos, donde está lleno de rocas y un resbalón que te dieras podrías hacerte muchísimo daño. Le dijimos que íbamos a la montaña y llegaríamos por la tarde.

Desperté a mi hermano Jacob y mientras él se preparaba  fui a casa de mis primos que su casa estaba pegada a la mía.  Aco mi otro primo estaba preparando las pistolas, las escondía el en su casa, porque su abuela tenía un garaje y pues tenía un buen escondite. Teníamos  4 pistolas de aire comprimido, era por precaución por si nos salía algún perro peligroso, a algún otro peligro.

Después de un rato con ellos, revisamos que tuviéramos todo lo necesario, cuerdas agua, todo lo necesario para una aventura. Mi primo Aco era muy organizado y tenía una lista que revisábamos siempre antes de salir, todo muy profesional.

Nos despedimos de la familia, y empezábamos la aventura, a mitad de camino Jacob mi hermano se resbalo y  se desparramaron por el suelo unos hierros que eran la base de las tiendas de campaña, era el que más peso llevaba, y se cabreo negándose a cargar con todos los trastos, entonces al estar a medio camino, ya faltaba 4 kilómetros para llegar a la playa donde estaba el risco, lo escondimos bajo un árbol, no teníamos problemas de que nos lo robaran, porque por esa zona no solía pasar gente. Y aparte no necesitaríamos la tienda de campaña ya que son todo acantilados de piedra.

Por fin lleguemos a la playa, y descansemos unos minutos, la marea estaba bajando y es importante porque si sube la marea,  y nos pilla dentro, nos podríamos quedar atrapados.

Nos fuimos adentrando por los riscos, y a mitad de camino, vimos 2 muñecos de vudú, pero eran extraños eran completamente rojos, del color rojo sangre, eran como robots de madera y estaban encima de una roca, la roca era completamente cuadrada, muy raro ya me empezó a parecer todo. Aco David y Jacob estuvieron bromeando, como hablando con los muñecos, hasta que como siempre mí primo David le empezó a tirar piedras, y quería romperlos.

Una de las piedras que tiro le dio al muñeco, y le rompió la cabeza, y en ese momento empezaron a salir de la cabeza del muñeco, como polvo, como si fuera una bomba de humo, pero en polvo. Mis dos primos y mi hermano empezaron a toser, yo rápidamente moje un pañuelo que tenía y me tape la boca y nariz para no respirar ese polvo. Mis primos y mi hermano se empezaron a sentirse cansados, decían ese polvo debe estar contaminado o algo y simplemente se quedaron sentados con los ojos abiertos y mirando a los muñecos. Yo les gritaba que nos fuéramos que se levantaran, que teníamos que volver, por que la marea estaba empezando a subir y corríamos el riesgo de quedarnos atrapados.

Ellos no me hablaban solo se quedaron sentados mirando los muñecos, entonces cuando los muñecos dejaron de soltar ese polvo, me acerque y los tire al mar. Pero nada, mis primos y mi hermanos seguían sentados y mirando a la roca cuadrada donde estaban los muñecos. Me acerque a mi hermano y le agarre fuerte por los brazos y moviéndole bruscamente, y fue cuando, de repente empezaron a decir, que hay una especie de grieta detrás de la roca, y decían que teníamos que entrar. La verdad no recuerdo ver esa grieta, quizás me concentraría mirando a los muñecos, de todas formas era una grieta muy fina imposible entrar por ella. Estaba buscando en la mochila una linterna para ver mejor de que se trataba, cuando David se sienta encima de la roca cuadrada, y se oyó un ruido como si se cayera una cadena, y la grieta se abrió más.

Yo no quería entrar en esa grieta, quería volver a casa y contárselo a mis padres, pero la marea subió muy deprisa y era imposible poder volver. Nos quedemos allí sentados porque esa zona era la más segura porque si subiera el agua mucho más, podríamos meternos en la grieta. Mis primos y mi hermano allí sentados empezamos a sacar conclusiones y dijeron que seguramente sería gases que usaban en la guerra, y los escondían en esos muñecos. Yo no pensaba con claridad, todo aquello me daba escalofríos, y ellos estaban muy, notaba que hablaban entre ellos cosas para que yo no les oyese, y todo me empezaba a resultar extraño.

La marea empezó a subir mucho más, el mar estaba picado y decidimos entrar en la grieta. Al entrar en la grieta se notaba un olor imposible describir,  eran unas especies de escaleras de piedra que se adentraban dentro de la montaña del acantilado, al llegar a la parte final de las escaleras vimos que volvían a bajar, y al mirar por las escaleras abajo hacia el final vimos que salía una luz muy fuerte, como si miramos al sol así de fuerte. Yo les decía que no siguiéramos que volviésemos, pero me di cuenta que no podían oírme, y yo al hablar tampoco, me podía oír, todo se quedó en silencio, yo chillaba pero todo estaba en absoluto silencio. De repente las escaleras se juntaron creándose una rampa donde todos empecemos a caer hacia esa luz de repente de la luz una voz muy ronca demoniaca y fuerte me dijo. ¡Tu no!, ¡Tu no!, ¡Tu no!, ¡Tu no!

Desperté de repente en mi cama, Me sentía muy aliviado pues todo fue un sueño. Mi madre entro en el cuarto diciéndome que me diera prisa que perdería el autobús de la escuela. Y le dije que se equivoca que era sábado, ella se rio y diciéndome. Tú lo que no quieres ir a la escuela… Me quede en estado de shok, no podía ordenar los pensamientos, no entendía que paso ¿fue todo un sueño?

CONTINUARA…

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